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Entrevista con Gore Vidal
De cómo los estadunidenses
llegamos a ser tan odiados

MARC COOPER

Escritor prolífico, legendario crítico de la sociedad estadunidense y gran conocedor de la historia y del sistema político de su país, Gore Vidal piensa que ha llegado la hora de que “echemos para atrás el imperio”: “No le está haciendo bien a nadie. Nos ha costado billones de dólares, lo cual me hace pensar que solito se va a reducir, no va a haber suficiente dinero para mantenerlo”.
Amigo de presidentes, directores de cine y artistas, además de pariente de miembros de la elite estadunidense, Vidal no ha dejado de escandalizar a los poderosos de su país desde hace cinco décadas. El título de su último best-seller da una idea de la razón: La guerra perpetua para la paz perpetua: de cómo llegamos a ser tan odiados

Ilustración Andrés Mario RamírezPUEDE QUE SEA EL ULTIMO republicano con “r” minúscula de Estados Unidos. Gore Vidal, ahora de 76 años, ha dedicado su vida a criticar los impulsos imperialistas de Estados Unidos y –a través de dos docenas de novelas y cientos de ensayos– ha argumentado tempestuosamente que Estados Unidos debería de retroceder a sus raíces más jeffersonianas, que debería de dejar de meterse en los asuntos de otras naciones y en los asuntos privados de sus propios ciudadanos.

Ese es el hilo que corre a través del último best-seller de Vidal –una extraña recopilación de ensayos, publicada tras el 11 de septiembre, titulada La guerra perpetua para la paz perpetua: de cómo llegamos a ser tan odiados. Para contestar a la pregunta respecto al subtítulo, Vidal propone que no tenemos ningún derecho a rascarnos la cabeza sobre lo que motivó a los perpetradores de los dos mayores ataques de terror en nuestra historia, el bombardeo de 1995 en la Ciudad de Oklahoma y el holocausto de las torres gemelas del pasado septiembre.

Vidal escribe: “Es una ley de la física (aún estaba en los libros la última vez que consulté) que en la naturaleza no hay acción sin reacción. Lo mismo parece ser verdad en la naturaleza humana –esto es, en la historia–”. La “acción” a la que Vidal se refiere es al exceso de confianza de un imperio estadunidense en el extranjero (ejemplificado con un cuadro de 20 páginas con 200 aventuras militares en el exterior desde el fin de la Segunda Guerra Mundial) y un floreciente Estado policiaco en casa. La inevitable “reacción”, dice Vidal, es nada menos que las sangrientas obras de Osama bin Laden y Timothy McVeigh. “Cada uno estaba enfurecido”, dice, “por los imprudentes asaltos de nuestro gobierno hacia otras sociedades” y hacia la propia sociedad estadunidense, y, por lo tanto, los “provocaron” y respondieron con horrenda violencia.

Algunos podrían tomar lo anterior como una sugerencia de que Estados Unidos podía haber esperado que sucediera el 11 de septiembre. Así que cuando me encontré con Vidal en la casa que mantiene en Hollywood Hills (aún reside la mayor parte del tiempo en Italia), la primer pregunta que le hice fue:

Marc Cooper: ¿Estás argumentando que, de alguna manera, los 3 mil civiles que murieron el 11 de septiembre merecían su destino?

Gore Vidal: No creo que nosotros, el pueblo estadunidense, merecíamos lo que sucedió. Tampoco nos merecemos el tipo de gobierno que hemos tenido en los pasados 40 años. Nuestros gobiernos nos han acarreado esto por sus acciones en todo el mundo. Tengo una lista en mi nuevo libro que le da una idea al lector sobre lo ocupados que hemos estado. Desafortunadamente, sólo recibimos desinformación de The New York Times y otros lugares oficiales. Los estadunidenses no tienen idea de la magnitud de las travesuras de su gobierno. La cantidad de ataques militares que hemos llevado a cabo en contra de otros países sin haber sido provocados, desde 1947-48, asciende a más de 250. Se trata de ataques mayores en todos lados, desde Panamá hasta Irán. Y ni siquiera es una lista completa. No incluye los lugares como Chile, ya que esa fue una operación de la CIA. Sólo enumeré los ataques militares. A los estadunidenses, o no se les dicen estas cosas o se les dice que los atacamos porque ... bueno ... Noriega es el centro de todo el narcotráfico mundial y tenemos que deshacernos de él. Así que matamos algunos panameños en el camino. De hecho, matamos a bastantes. Y enviamos nuestra Fuerza Aérea. Panamá no tenía una fuerza aérea. Pero se veía bien tener a nuestra Fuerza Aérea ahí, ocupada, volando en pedazos a los edificios. Después secuestramos a su líder, Noriega, un ex hombre de la CIA que trabajó fielmente para Estados Unidos. Lo arrestamos. Lo llevamos a juicio en una corte estadunidense que no tiene jurisdicción sobre él y lo encarcelamos –nadie sabe por qué–. Y se suponía que eso iba a finalizar el comercio de las drogas porque lo habían satanizado en The New York Times y en el resto de la prensa imperial.

[El gobierno] se aprovecha de la relativa inocencia de [los estadunidenses] o, para ser más precisos, de la ignorancia. Probablemente por eso, desde la Segunda Guerra Mundial no se ha enseñado geografía –para mantener a la gente en la oscuridad sobre dónde estamos haciendo estallar cosas–. Porque Enron las quiere hacer estallar. O Unocal, la gran compañía de gasoductos, quiere que tenga lugar una guerra en algún lugar.

“Y la gente en los países que son receptores de nuestras bombas se enojan. Los afganos no tenían nada que ver con lo que le pasó a nuestro país el 11 de septiembre. Pero Arabia Saudita sí. Parece que Osama estaba involucrado, pero realmente no lo sabemos. Cuando entramos a Afganistán para tomar el lugar y bombardearlo, le preguntaron a nuestro general en mando cuánto tiempo se tardarían en encontrar a Osama bin Laden. Y el general en mando se mostró sorprendido y dijo, bueno, pues esa no es la razón por la que estamos aquí. ¿Ah no? Entonces de qué se trataba todo esto? El asunto era que los talibanes eran personas muy, muy malas y que trataban a las mujeres muy mal, ves. No están en la onda de los derechos de las mujeres; y nosotros deberíamos de estar con Bush, porque él va a quitarle a las mujeres las burkas de las cabezas. Bien, pues de eso no se trataba.

“De lo que en realidad se trataba –y no conseguirás esto en ningún lugar ahorita– es de arrebatar los recursos energéticos. Hasta ahora, el Golfo Pérsico ha sido nuestra principal fuente de petróleo importado. Fuimos allá, a Afganistán, no para atrapar a Osama y vengarnos. Fuimos a Afganistán, en parte porque los talibanes –a quienes habíamos instalado en la época de la ocupación rusa– se estaban volviendo demasiado locos y porque Unocal, la compañía californiana, había hecho un negocio con los talibanes que consistía en un gasoducto para obtener el petróleo de la zona del Caspio, la reserva más rica en petróleo en la Tierra. Querían obtener ese petróleo a través de un gasoducto que cruzara Afganistán hacia Pakistán a Karachi y de ahí trasladarlo en barco a China, lo cual traería enormes ganancias. La compañía que pudiera hacer el negocio haría una fortuna. Y verás que todas estas compañías se remiten a Bush o a [Dick] Cheney [el vicepresidente] o a [Donald] Rumsfeld [el secretario de Defensa] o a alguien más en la Gas and Oil Junta [la Junta del Petróleo y el Gas, se refiere al grupo que controla al gobierno (N.R.)], la cual, junto con el Pentágono, manda en Estados Unidos.

“Habíamos planeado ocupar Afganistán en octubre, y Osama, o quien sea que nos pegó en septiembre, lanzó un ataque. Ellos sabían que íbamos para allá. Y esta era una advertencia para agarrarnos desprevenidos, desequilibrarnos. En este contexto se puede explicar por qué lo primero que hizo Bush después de que nos pegaron fue ir con el senador Daschle y rogarle que no se llevara a cabo una investigación del tipo que en cualquier país normal hubiera tenido lugar1. Cuando atacaron Pearl Harbor, en 20 minutos el Senado y la Casa Blanca ya tenían lista una comisión conjunta. Roosevelt les ganó, porque sabía por qué nos habían atacado, así que constituyó su propia comisión. Pero nada de esto debía salir a la luz pública, y no lo ha hecho”.

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M.C.: Aun así, cuando uno lee el cuadro de las intervenciones militares en su libro y concluye que, efectivamente, el gobierno estadunidense es una “fuente de maldad” –por decir una frase–, ¿no puede concebir que también hay otras fuerzas malignas? ¿No puede imaginarse, por ejemplo, fuerzas de oscurantismo religioso, que actúan independientemente de nosotros y que pueden hacernos cosas malas, nomás porque son muy malvadas?

G.V.: ¡Oh sí! Pero escogiste el grupo incorrecto. Escogiste a una de las familias más ricas del mundo –los bin Laden–. Son muy cercanos a la familia real de Arabia Saudita, lo cual nos ha metido en la trampa de actuar como el guardaespaldas de la familia real en contra del pueblo saudita –pero la familia real es más fundamentalista que el pueblo–. Así que estamos lidiando con una entidad poderosa, si se trata de Osama.

“Lo que no es cierto es que gente como él nomás aparece de la nada. El estadunidense promedio piensa que regalamos miles de millones [de dólares] en ayuda al extranjero, cuando, de entre los países desarrollados, somos los que menos aportamos. Y la mayor parte de lo que damos se destina a Israel y un poco a Egipto.

“Estuve en Guatemala cuando la CIA estaba preparando su ataque al gobierno de Arbenz [en 1954], quien fue un presidente electo democráticamente, ligeramente socialista. Su Estado no tenía ingresos; su mayor creador de ingreso era la United Fruit Company. Así que Arbenz puso un pequeñísimo impuesto sobre los plátanos, y Henry Cabot Lodge se paró en el Senado y dijo que los comunistas habían tomado Guatemala y que debíamos actuar. Fue con Eisenhower, quien envió a la CIA, y derrocaron al gobierno. En su lugar, pusimos a un dictador militar, y no ha habido otra cosa que derramamiento de sangre desde entonces.

“Si yo fuese un guatemalteco y tuviese los medios para aventarle algo a alguien en Washington, o en cualquier lugar donde estuviesen los estadunidenses, estaría tentado a hacerlo. Especialmente si hubiese perdido a toda mi familia y hubiese visto cómo mi país vuela en pedazos porque United Fruit no quería pagar impuestos. Esta es la manera en que operamos. Y es por eso que llegamos a ser tan odiados”.

M.C.: Se ha quejado durante décadas de la erosión de las libertades civiles y la conversión de Estados Unidos de una república a lo que llama un imperio. Lo que ocurrió tras el 11 de septiembre, la Ley Patriótica (USA Patriot Act), ¿simplemente nos han empujado más por ese mismo camino o se trata de un viraje en el rumbo?

G.V.: La segunda ley de la termodinámica siempre manda: todo está en constante desgaste. Eso también le sucede a nuestra Declaración de Derechos (Bill of Rights2). La actual junta que está a cargo de nuestros asuntos, una que no fue electa legalmente, sino que fue puesta en mando por la Suprema Corte para cumplir con los intereses de los cabildeadores del petróleo, el gas y la defensa, ha usado primero a la Ciudad de Oklahoma y ahora al 11 de septiembre para desgastar aún más las cosas.

“Por lo que se refiere a la Ciudad de Oklahoma y a Tim McVeigh, él también tenía sus razones para llevar a cabo su sucia tarea. Millones de estadunidenses estuvieron de acuerdo con su argumento general, aunque nadie, creo, está de acuerdo con volar en pedazos a niños. Pero los estadunidenses instintivamente saben cuándo el gobierno se sale de los rieles, como lo hizo en Waco y Ruby Ridge. Nadie ha sido electo presidente en los últimos 50 años a menos de que estuviese en contra del gobierno federal. Así que el gobierno debería de meterse a la cabeza que no sólo es odiado por los extranjeros cuyos países ha destrozado, sino también por los estadunidenses cuyas vidas han sido destruidas.

El movimiento Patriótico en Estados Unidos estaba basado en personas que huyeron de sus granjas familiares. O tuvieron padres o abuelos que huyeron. Tenemos millones de ciudadanos estadunidenses inconformes que no les gusta cómo están manejando el lugar y no ven sitio alguno donde puedan prosperar. Pueden ser esclavos. O recoger algodón. O la actividad que sea la más reciente cosa incómoda qué hacer. Pero ‘no van a participar en la acción’, como dijo Richard Nixon”.

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Ilustración Andrés Mario RamírezM.C.: Y, sin embargo, los estadunidenses parecen bastante susceptibles a un tipo de ‘club del enemigo–del–mes’ patriotero que emane de Washington. Dice que millones de estadunidenses odian al gobierno federal, pero alrededor del 75% de los estadunidenses dicen que apoyan a George W. Bush, especialmente respecto al asunto de la guerra.

G.V.: Espero que no creas esas cifras. ¿No sabes cómo estas encuestas son amañadas? Es sencillo. Tras el 11 de septiembre, el país estaba realmente en shock y aterrorizado. [Bush] hace una pequeña danza de guerra y habla acerca de ejes del mal y acerca de todos los países que va a perseguir. Y cuánto tiempo va a tomar, dice con una sonrisa feliz, porque representa miles de millones, billones para el Pentágono y para sus amigos petroleros. Y significa recortar nuestras libertades, así que todo esto es muy emocionante para él. El está reaccionando, bombardeando Afganistán. Pues podría haber estado bombardeando Dinamarca. Dinamarca no tuvo nada que ver con el 11 de septiembre. Y tampoco Afganistán, al menos los afganos no tuvieron nada que ver.

“Así que aún preguntan, ¿apoyas al presidente? ¿Lo apoyas mientras él nos defiende?

“Eventualmente se darán cuenta”.

M.C.: ¿Quiénes son ellos? ¿El pueblo estadunidense?

G.V.: Sí, el pueblo estadunidense. Le hacen estas rápidas preguntas. ¿Lo apruebas? Oh, sí, sí, sí. Oh, sí, él voló en pedazos todas esas ciudades con nombres raros que estaban por allá.

“Eso no quiere decir que les guste. Escucha mis palabras. El dejará su oficina siendo el presidente menos popular en la historia. La junta ha hecho demasiados destrozos.

“En cuanto les pegaron, estaban sospechosamente preparados con el Patriot Act. Listos para levantar el habeas corpus, el privilegio de abogado–cliente. Estaban listos. Lo cual significa que ya tienen su Estado policiaco. Nomás toma un avión a donde sea hoy y estás en las manos de un arbitrario Estado policiaco”.

M.C.: ¿No quiere tener ese tipo de protección cuando vuela?

G.V.: Una cosa es ser cuidadoso, y sí queremos que las aerolíneas tengan cuidado contra los ataques terroristas. Pero esto es una alegría para ellos, para el gobierno federal. Ahora tienen a todos, porque todos vuelan.

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M.C.: Entremos en una de sus materias favoritas, los medios estadunidenses. Algunos dicen que han hecho una labor mejor que la normal desde el 11 de septiembre. Pero sospecho que no se la cree.

G.V.: No me compro el cuento. Una parte del año vivo en Italia. Y me entero más sobre lo que está pasando en Medio Oriente al leer la prensa británica, la francesa, hasta la italiana. Todo por acá está sesgado. Ver a Bush hacer su pequeña danza de guerra en el Congreso ... sobre los ‘malhechores’, y este ‘eje del mal’ –Irán, Irak y Corea del Norte–. Pensé, ni siquiera sabe lo que significa la palabra ‘eje’. Alguien se la acaba de dar. Y la prensa ni siquiera lo cuestionó al respecto. Esta es una declaración tan descuidada. Luego se le ocurren como una docena más de países que podrían tener ‘gente malévola’, que podría cometer ‘actos terroristas’. ¿Qué es un acto terrorista? Lo que sea que él piense que sea un acto terrorista. Y nosotros vamos a ir tras ellos. Porque nosotros somos buenos y ellos son malvados. Y nosotros ‘los vamos a atrapar’.

“Cualquiera que pudiera pararse y dirigir ese discurso al pueblo estadunidense no es un idiota, pero está convencido de que nosotros somos unos idiotas. Y no somos unos idiotas. Estamos intimidados. Intimidados por la desinformación de los medios, la sesgada visión del mundo, y por los atroces impuestos que subsidian esta permanente máquina de guerra. Y no tenemos ninguna representación. Sólo las compañías están representadas en el Congreso. Por eso sólo el 24% de los estadunidenses votaron por George W. Bush”.

M.C.: Sé que odiaría llevar esto al nivel ad hominem, pero permítamelo un momento. ¿Qué con George W. Bush, el hombre?

G.V.: Te refieres a George W. Bush el porrista. Esa es la única cosa de alguna relevancia que hizo en su vida. Estaba involucrado en un equipo de béisbol.

M.C.: Le pertenecía.

G.V.: Sí, era suyo, comprado con dinero de otras personas. Dinero de gente petrolera. Así que en realidad nunca ha trabajado, y muestra muy poca capacidad para aprender. Que lo hayan puesto como presidente y que la Suprema Corte estuviese segura de que había ganado era tan insultante como cuando su padre, George Bush, nombró a Clarence Thomas en la Suprema Corte –se hizo simplemente para burlarse de los liberales–. Y luego, cuando escogió a Dan Quayle como su vicepresidente, mostró un enorme desprecio por el pueblo estadunidense. Se trataba de alguien tan claramente no calificado, como Bush Padre lo era para ser presidente. Porque Bush Padre, como le dijo Richard Nixon a un amigo mío cuando fue electo [imita a Nixon], “Es un pelele, un absoluto pelele, no hay nada ahí. Es el tipo de persona que asignas para hacer cosas”. Así que el desprecio hacia el pueblo estadunidense se ha hecho más evidente con los dos Bushes que con todos los presidentes anteriores. A pesar de que muchos de ellos sentían el mismo desprecio, eran más listos escondiéndolo.

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M.C.: ¿Debería Estados Unidos simplemente empacar a sus militares de todos lados y regresarlos a casa?

G.V.: Sí. Sin excepción. No somos el policía del mundo. Y no podemos ni siquiera ser policía de Estados Unidos, excepto para robar dinero del pueblo y generalmente para crear un caos. Muchas veces y en muchas partes del país, se percibe a los policías, y de manera correcta, como el enemigo. Creo que es hora de que echemos para atrás el imperio –no le está haciendo bien a nadie–. Nos ha costado billones de dólares, lo cual me hace sentir que solito se va a reducir porque no va a haber suficiente dinero para mantenerlo.

M.C.: Usted se llama a si mismo uno de los últimos defensores de la república estadunidense contra el imperio estadunidense. ¿Aún tiene aliados? Es decir, no tenemos una oposición muy creíble en este país, ¿verdad?

G.V.: A veces me siento como si fuera el último defensor de la república. Hay bastantes mentes legales que defienden la Declaración de Derechos, pero no parecen ser muy vigorosos. Tras el 11 de septiembre, hubo un silencio cuando una tras otra de estas leyes draconianas, realmente totalitarias, se establecían.

M.C.: Entonces, ¿cuál es la salida? En los ochenta llamaba a la creación de un nuevo tipo de convención constitucional populista. ¿Aún cree que esa es la solución?

G.V.: Pues es la menos sangrienta. Porque habrá problemas, grandes problemas. Los locos se juntaron para lograr la enmienda para un presupuesto equilibrado (balanced budget amendment) y consiguieron que la mayoría de los estados estuvieran de acuerdo con una convención constitucional. El senador Sam Ervin, quien ya falleció, investigó qué pasaría en tal convención, y aparentemente todo sería posible. Una vez que nosotros el pueblo estemos reunidos, así como lo requiere la Constitución, podemos hacer lo que sea, podemos echar a todo el Ejecutivo, el Judicial, el Congreso. Podemos poner a un lama tibetano. O transformar al país en un gran centro de Cientología.

“Y los liberales, claro, son los más lentos y los más estúpidos, porque no entienden sus intereses. Los de la derecha son los malos, pero saben lo que quieren –el dinero de todos los demás–. Y saben que no les gustan los negros y que no les gustan las minorías. Y les gusta joderse a todos los que estén en el camino.

Pero ya que sabes lo que quieres, estás en una posición más fuerte que aquellos que sólo pueden decir: ‘Oh no, no debes hacer eso’. Debemos tener libertad de expresión. ¿Libertad de expresión para qué? ¿Para estar de acuerdo con The New York Times?

“Los liberales siempre dicen: ‘Si hay una convención constitucional, quitarán la Declaración de Derechos’. ¡Pero ya lo hicieron! Se fue. Prácticamente no queda nada de ella. Así que si ellos, los famosos “ellos”, resultaran ser la mayoría del pueblo estadunidense y no quisieran la Declaración de Derechos, entonces, yo diría, hagámoslo. Simplemente aventémosla por la ventana. Si no la quieres, no la tendrás”.

(Traducción: Tania Molina Ramírez)

NOTAS

1. En varias ocasiones, el presidente George W. Bush y el vicepresidente Dick Cheney le pidieron al líder de la mayoría demócrata en el Senado, Thomas Daschle, que no se investigara sobre el 11 de septiembre. El argumento de Cheney era que la comunidad de inteligencia estaba tan involucrada en los acontecimientos posteriores al 11 de septiembre que no deberían de desviar su atención. (N.T.)

2. El Bill of Rights estadunidense se compone de las primeras 10 enmiendas a la Constitución, ratificadas en diciembre de 1791. Durante los debates del Congreso Constituyente, muchos argumentaban que así como estaba redactada la Constitución, se abría el camino hacia una tiranía del gobierno central. Thomas Jefferson escribió que una declaración de derechos es “a lo que todo pueblo tiene derecho contra todo gobierno en la Tierra”.

El Bill of Rights dice, entre otras cosas, que no se podrá obligar a ninguna persona a responder de un delito castigado con la pena capital u otro infame delito si un Gran Jurado no lo denuncia o acusa, a excepción de los casos que se presenten en las fuerzas de mar o tierra o en la milicia nacional cuando se encuentre en servicio efectivo en tiempo de guerra o peligro público; ni se le privará de la vida, la libertad o la propiedad sin el debido proceso legal. El Bill of Rights también señala que en toda causa criminal, el acusado gozará del derecho a ser juzgado rápidamente y en público por un jurado imparcial del distrito y estado en que el delito se haya cometido; así como de que se le haga saber la naturaleza y causa de la acusación, de que se le caree con los testigos que depongan en su contra, de que se obligue a comparecer a los testigos que le favorezcan y de contar con la ayuda de un abogado que lo defienda. (N.T.)
 

Esta entrevista se publicó en La Weekly (5-11 de julio de 2002). Se reproduce con el premiso del autor. Extraída a su vez de La Jornada (11 de Agosto de 2002) Para KkaZul.

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