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Fantasmas



 

 

 

 

 

 

 

Para KKAZUL:

Alaide Rodríguez Corte.

Comentarios:

kkazul@hotmail.com

 

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De niños jugábamos en todas partes. Sobre todo nos gustaba la antigua hacienda de los milagros, una hermosa pero abandonada construcción. Nuestros padres nos prohibían ir allá pero nosotros, desobedientes como los niños que éramos, pasábamos tardes enteras entre las puertas y los cristales rotos.

 

Debo admitir que me causaba un poco de miedo cuando la noche empezaba a cubrir el cielo y el viento se hacía más intenso, cuando el ruido que hacían los viejos árboles del jardín semejaba susurros angustiosos anunciando una gran desgracia; entonces todos sin decirlo abandonábamos la casa lo más rápido que pudiéramos, acordándonos de las historias que se contaban sobre ella.

 

Sí, recuerdo haber oído sobre una hermosa mujer vestida de blanco, a la que, cuando llovía, se le oía cantar entre los árboles una melodía muy triste, capaz de arrancar el llanto. Contaban también que a veces se le veía asomarse de una ventana o deambular por toda la hacienda sin descanso. Decían que su andar por la casa era más bien desesperada huída, la cual terminaba en un desgarrador grito. Algunos curiosos entraban al día siguiente y afirmaban que en el piso había huellas de una persecución.

 

Ninguno de nosotros admitía creer estas historias, pero guardábamos respeto por las creencias de los adultos y nuestro ánimo se llenaba de inquietud al escucharlas. Esto no impidió que siguiéramos frecuentando la vieja construcción, primero para nuestros juegos infantiles y años después, para nuestros juegos de amor.

 

Allí lleve a Claudia, allí nos besábamos y acariciábamos hasta donde nuestras conciencias y el miedo a nuestros padres nos lo permitían.

Mi abuela se enteró de mis citas de amor en la hacienda y lejos de regañarme por el noviazgo, me advirtió de lo peligroso que era profanar los lugares pertenecientes a los muertos. Yo no hice mucho caso de esto, pues estaba muy lejos de saber cuanto tiene que ver el mundo de los muertos.

 

Así que seguíamos viéndonos en la hacienda y besándonos desesperadamente en el cuarto donde días antes habíamos encontrado en el piso una inscripción semejante a la de una tumba: Cecilia de Alvarado 1858, pero hicimos caso omiso de ello.

 

Una de las tardes de pasión me encontraba besando a claudia cuando el ruido de alguien que corría nos hizo abrir nuestros ojos hasta entonces cerrados. No tuve que voltear a buscar la fuente del ruido pues en los ojos de claudia se reflejaba la imagen de una bellísima mujer que nos miró  angustiada y siguió corriendo. 

No supe por qué pero me volteé y empecé a perseguirla, haciendo caso omiso de los gritos de Claudia, que no entendía lo que pasaba, pues ella extrañamente parecía no haberla visto. Corrí por pasillos y habitaciones que jamás había visitado, como si la casa de pronto se hubiera multiplicado en una enmarañada laberíntica. Y oí los gritos  de la mujer- aún los recuerdo claramente: ¡no voy a dejar que me mate otra vez! ¡Esta vez no!. De repente un grito, un eco de otro grito, paralizó mi cuerpo. La mujer que corría delante de mí volteó tranquilamente y con una mueca de felicidad e ironía me dijo: la ha confundido conmigo. Comprendí, algo malo le había pasado a Claudia.

 

Regresé creyendo que me había alejado demasiado de aquel cuarto, pero no tuve que buscar mucho para encontrarlo. Horrorizado, vi la habitación manchada de sangre en el piso, las paredes y el techo, al fondo un cuerpo inerte: era Claudia. En mi mano sostenía un puñal aún húmedo de ella.

 

Desperté después de mucho tiempo de haber estado inconsciente con la esperanza de que todo fuera un mal sueño pero era más que eso...

 

Ahora sé que sigo en el cuarto de la hacienda; alguien ha borrado las manchas de sangre, quizá el mismo que me ha atado en vendas, quizá el mismo que me tiene amarrado a una cama, el que se ha llevado a Claudia, de la que oiré sus gritos por siempre.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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